Mi viaje con mis abuelos

Relato autobiográfico de Carolina Galantai




Nunca me voy a olvidar de mi viaje a La Cumbrecita con mis abuelos y mi hermano mayor. Yo tenía cinco años y mi hermano seis. El menor de mis hermanos no vino porque era muy pequeño, tenía un año. La pasamos muy bien y aprendimos muchas cosas, es un viaje que nunca voy a olvidar.
Todo comenzó cuando a las siete partimos de casa con mis papas hasta la salida de ómnibus, allí nos encontraríamos con mi abuelo y mi abuela. Finalmente, salimos a las nueve y media de la noche. Mientras el micro partía mi hermano y yo nos asomábamos a la ventana y saludábamos, como si nos estuviéramos yendo muy lejos y por mucho tiempo, estábamos fascinados, contentos, era increíble para nosotros: nuestro primer viaje en micro!, Por eso lo pasamos muy bien, la experiencia fue muy divertida ya que dormimos allí. Nos quedamos sentados y tranquilos, yo me senté con mi abuela y mi hermano con mi abuelo, más a la noche llegó la comida y después dormimos, me acuerdo que nos daban una especie de pantuflas y una manta.
Una vez que llegamos a La Cumbrecita fuimos hacia el hotel. El cuarto era muy lindo y confortable. Después de comer fuimos al jardín del hotel que tenía un parque con un bosque enorme junto a mi hermano nos fuimos a correr por ahí, como todo chico a nuestra edad.
Siempre me acuerdo que después de comer esos riquísimos desayunos y antes de irnos a pasear al centro comercial o a hacer alguna caminata, íbamos afuera y cruzábamos un puente que nos encantaba, porque era todo de madera y nos quedábamos un tiempo yendo y viniendo por él, lo mejor es que estábamos arriba de la calle entonces veíamos todo. El puente iba hacía la sala de ping-pong, el gimnasio, la cancha de tenis y la pileta. Pero donde siempre íbamos era al gimnasio a jugar con esas máquinas que nos parecían muy grandes, extrañas y muy duras de manejar. Ni llegábamos a poder levantar nada, pero siempre tratábamos de ver quién podía por lo menos levantar algo. Luego venían mis abuelos para avisarnos que ya salíamos a pasear, entonces cruzábamos el puente con ellos e íbamos al otro jardín donde estaba el hotel y todo el bosque que a esa edad nos parecían “los pasadizos secretos”. Y salíamos por una diminuta puerta como una tranquera que daba a un camino detrás del hotel por donde íbamos a caminar por todo el bosque. También si seguías caminando había varios carteles que decían “Al peñón del águila”, “Cerro Wank a 500 metros” y otros entonces decidías a cuál ir. Teníamos que ir hasta el lugar por esos caminos anchos de barro donde no se puede andar en auto, son senderos peatonales.
Me acuerdo que un día hicimos una caminata al cerro Wank. Una vez que llegamos adonde está el cartel, empezamos la aventura. La primera parte era sencilla, no había que escalar ni subir pendientes por rocas. Caminabas por un sendero que iba por todo el bosque verde y veías troncos de madera caídos y escuchabas todo el silencio del bosque y los “twit-twit” de los pájaros. Era maravilloso y producía que la gente más grande se pudiera relajar y distraer. Mi abuela y yo nos quedamos abajo, no hicimos la parte difícil de subir la pendiente por las rocas. Nos quedamos sentadas al lado de un arroyo. Mientras mi abuelo y mi hermano subieron hasta la cima del cerro, eran 1700 metros. Cuando ellos bajaron de la cima, nos mostraron las hermosas fotos que sacaron. Todavía mi hermano tiene una foto de él en la cima del cerro.
Otra de las cosas que me acuerdo es del centro comercial. Íbamos todas las tardes o mañanas. En general a tomar el té en esos lugares caseros hechos de madera, había uno que era austriaco y nos sacamos una foto con mi hermano con la cara y el cuerpo detrás de un cartel con la vestimenta austriaca, fue muy divertido. Para llegar al centro comercial, bajábamos del hotel por un camino que va por el bosque (toda La Cumbrecita es un bosque) hasta el centro comercial. Había muy pocos negocios donde vendían por lo general artesanías. Los locales eran muy lindos y estaban hechos de madera que es lo que más me gusta. Me acuerdo que el primer día como no había traído cinturón tuvimos que ir a comprar. Pero no había negocios que vendían ya que son todos artesanos, la farmacia, dos kioscos, una librería y dos o tres negocios de ropa. Tuvimos que comprar tres cordones negros que mi abuela trenzó y me armó un cinturón. Lo usé todos los días y lo sigo teniendo aunque ahora no me entra pero me encanta.
Tuvimos muchas aventuras inolvidables. Tampoco me voy a olvidar que nos llevábamos muy bien con los mozos y la gente que trabajaba en el hotel. Con mi hermano correteábamos por los pasillos y lugares “secretos” en el jardín y nos divertíamos mucho. El hotel era muy grande. Y las cenas muy ricas. Son otras de las cosas que nunca me voy a olvidar.