Perdido en el bosque
Relato Autobiográfico de Jorge Viegener





Todos estábamos preparándonos para la gran caminata hacia la cascada del lago Nahuel Huapi en Villa de la Angostura. Era un día perfecto, el cielo estaba despejado, el sol brillaba a su cien por ciento y el agua cantaba al chocar contra la costa.
Todo estaba listo, la comida para el viaje, la lancha ya estaba preparada para arrancar y las cañas listas para la pesca. No había nada en el mundo que nos pudiera detener. Eso era lo que pensaba, pero al parecer sí había algo y ese algo era Luis, el mejor amigo de mi papá. Se había quedado dormido y recién estaba tomando el desayuno.
Eran las once de la mañana y todavía no habíamos zarpado del puerto. Recién media hora más tarde pudimos salir.
Al desembarcar todo brillaba como el sol. El agua salpicaba en mi cara, sentía como pequeñas agujas clavándose en mí.
Al llegar a la isla, pude ver que había dos perros esperándonos. Eran dos labradores negros, el grande era el padre y el pequeño con una mancha blanca en la cara era el hijo. En aquel momento no sabía decir se eran dos perros salvajes que nos querían comer o si sólo estaban allí porque estaban perdidos.
Al llegar ninguno se animaba a bajar de la lancha, hasta que bajó Luis . Al darnos cuenta de que eran inofensivos, mi hermano, Francisco y yo bajamos a atar la lancha, mientras que mi papá bajaba las cañas y las mochilas. Allí partimos hacia el interior del bosque.
El camino hacia la cascada parecía un agujero sin fin. Estaba lleno de piedras y ramas en el piso. Parecía que todos los árboles se iban a caer encima de tan viejos y destruidos que estaban y ni siquiera había una gota de luz. Al bajar una colina, mi papá decidió desviarnos del camino para hacer el viaje más interesante . Fuimos bordeando el lago y cada diez minutos parábamos a pescar, pero nunca llegamos a pescar un solo pez. Por eso seguimos con el transcurso del viaje sin ninguna parada.
Quince minutos después, por fin llegamos a la cascada. Era hermosa, algo incomparable, algo que nunca antes había visto. Las piedras estaban todas juntas creando un suelo para acostarse y disfrutar de esta gran maravilla. El agua fluía sin parar hacia un destino sin fin. Ya podía entender por qué todos querían ir a verla. Era hora de almorzar, había dos sándwiches de milanesa y una manzana para cada uno.
Pero como todo se había retrasado, empezaba a oscurecer, y era la hora de retirarnos de la gran maravilla. Todo lo que parecía ser hermoso en el viaje de ida, ahora parecían objetos de la muerte. Incluso los dos bellos y tranquilos perros parecían ser dos gárgolas.
Durante el viaje me dio ganas de hacer mis necesidades, entonces les pedí que me esperasen. Al terminar me di vuelta y pude ver que ya no estaban más, sólo estaba el cachorrito. Pensé que se habían adelantado y me estaban esperando, entonces seguí.
No los encontraba, no estaban por ninguna parte. Cada vez mi corazón latía más fuerte, la sensación de pensar que estaba perdido en el bosque me mataba lentamente desde adentro. Gritaba con todo mi aliento pero nadie me escuchaba, excepto los árboles y la tierra. Empecé a correr, cada vez más rápido, lo único que llegaba a ver eran árboles y ramas nada más, ni siquiera una señal de que mi papá o mi hermano habían pasado por allí.
De pronto el perrito me empezó a ladrar, no entendía por qué, lo único que hacía era gritar y gemir. Al parecer él también quería encontrar a su papá. En un abrir y cerrar de ojos el perro estaba corriendo hacia el interior del bosque, no se me ocurrió otra cosa más que perseguirlo.
El interior del bosque era aun más tenebroso que el exterior.
Media hora después estaba donde habíamos comenzado la excursión, donde estaba la lancha. No lo podía creer, el joven perrito sabía todo el camino de memoria. Me quedé allí acostado boca arriba mirando hacia al cielo azul a punto de oscurecer del todo, hasta que de repente vi una cara: la cara la de mi hermano Francisco. Estaban todos allí Luis, Francisco incluso mi papá. Nunca voy a olvidar aquel día.