Mudanza

Relato Autobiográfico de
Santiago Gilardi




Recuerdo esa tarde cuando mi familia y yo terminábamos de empacar para hacer el viaje más emocionante de nuestras jóvenes vidas.
Era una de esas tardes cálidas y sofocantes en las que había que quedarse adentro, para sobrevivir el intenso calor. Mis hermanos y yo estábamos en el cuarto de mis padres, en donde estaba el aire acondicionado que habían comprado hacía poco, sabiendo que venían los días más feroces del año. Entre los nervios y la emoción que corría por todo nuestro ser, intentábamos agregar los últimos detalles en la valija que luego despacharíamos hacia nuestro destino, sin olvidarnos de nada en absoluto. Pero como en todo viaje, siempre nos olvidábamos de algo: si no era el i-pod, eran los cepillos de dientes, y si no eran los cepillos eran las mismísimas zapatillas que debíamos llevar puestas.
Pero en este viaje las cosas iban a cambiar. Todos los miembros de la familia, sabían que este viaje no iba a ser como todos los otros en los que habitualmente tiene que haber alguna pelea entre nosotros, para ver quién elige el mejor asiento o la mejor cama en los hoteles o las cabañas donde solemos hospedarnos. En esta oportunidad, todos teníamos la misma sensación de que nuestras vidas iban a cambiar para siempre. Y así fue.
Mientras mi madre y mi hermano mayor terminaban de cerrar los bolsos con candado y ponerlos en el vehículo que luego nos llevaría al aeropuerto, mi padre y yo nos preparábamos para despedirnos de nuestro apartamento, donde habíamos vivido experiencias que nunca olvidaríamos. Mi padre me miró seriamente, intentando ocultar el sentimiento que le provocaba, dejar este hermoso hogar, y me dijo:
--¿Estás preparado, hijo?
--¡Más que nunca, papá!- dije ocultando mi inseguridad.
Sin voltear, bajamos el ascensor y nos dirigimos a los vehículos que nos alcanzaron al aeropuerto. Lamentablemente, no pudimos quedarnos mucho tiempo en el deseado ‘free-shop’ donde nos gustaba pasar el rato, viendo ropa y accesorios, que jamás compraríamos. Desperdiciamos mucho tiempo con el transporte de equipaje ¡Era demasiado! No sabía que teníamos tantas cosas en nuestro departamento, y menos hubiera imaginado que fuera posible que tanto equipaje entrase donde vivíamos.
Cuando fue nuestro turno de embarcar, apagué el i-pod, tomé mi equipaje de mano y me dirigí hacia el ala del avión. Los nervios de los aviones jamás se me fueron, siempre sentía esas cosquillas, antes de despegar. Pero esta vez no fue así, no sé qué me hizo cambiar de parecer, pero esa sensación extraña se me había ido por completo y un cansancio corrió por todo mi cuerpo…
--Santiago, hemos llegado- dijo mi madre entre la emoción y los nervios.
--Damas y caballeros, hemos arribado a la ciudad de Buenos Aires, son las 11 a.m. hora local y la temperatura afuera es de 21ºC. Quédense con los cinturones abrochados, hasta que les demos la señal de que hemos abierto las puertas.- dijo la voz de la mujer que salía por los altoparlantes.
Nunca un viaje se me había hecho tan corto, pensaba mientras pasaba por la aduana junto a mi familia. Había dormido las doce horas, sin comer ni encender la pantalla enfrente mío, para ver alguna película ¡El viaje había sido un éxito!
Mientras más cerca estábamos de nuestro destino, más tensos nos poníamos y nos mirábamos cada tanto, disimulando nuestra emoción. Mis nervios crecían y mis pensamientos se tornaban más irreales. En ese momento mi padre declaró:

- Hemos llegado.
Me bajé del auto y vi la casa más grande y más hermosa que mis ojos podrían haber visto. Desde ese momento, mi vida cambió por completo. Miré a mi padre que nos preguntaba con una sonrisa de oreja a oreja:
--¡¿Les gusta su nueva casa?!