external image ?ui=2&ik=49692fddf1&view=att&th=128f08ab4a3d8ced&attid=0.1&disp=inline&realattid=f_g9vw0f7o0&zwLos mejores viajes
Relato autobiográfico de Mia Baccanelli




Todos los viajes mi hermana y yo nos sentábamos en el medio de la enorme camioneta. Era una Toyota azul, viajábamos todos: mis padres, y mis seis hermanos, Camila, Agostina, Máximo, Valentina y Chiara. Dos iban en la parte trasera, cuatro en el medio, y mis padres adelante. Al ser las más chiquitas, Chiara y yo, compartíamos cinturón y viajábamos juntas. Recuerdo lo incómodas que estábamos. Casi siempre eran viajes largos. A mi papa siempre le gustó viajar en auto, apreciar paisajes, conocer las provincias, y poder viajar todos juntos.
Por los inviernos íbamos a Las Leñas, salíamos muy temprano por la mañana. Todos dormidos salíamos de casa hacia Mendoza. Llevábamos los sándwiches de jamón y queso y de milanesa. El sabor de esos sándwiches era algo delicioso. Un sabor salado. Podía sentir la cremosidad del queso, contrastando con el sabor característico del jamón porteño. Siempre tengo presente el olor de su envoltorio. Al abrirlos, llenaban el auto de un fuerte olor a papel aluminio. Además, en todas las paradas comprábamos golosinas y bebidas. Mi mamá siempre compraba las pastillas de anís, el olor era tan fuerte que me mareaba. Nunca me gustaron las patillas de anís, pero para mama eran exquisitas. Íbamos al baño y retomábamos viaje.
Era inevitable pelarnos. Como somos seis hermanos, constantemente nos peleábamos sobre la música y los lugares en el auto. Mi hermana Chiara y yo provocábamos estas peleas. Gritábamos cantábamos y pedíamos escuchar ‘Bandana’ la banda del momento.
-Pongan el CD de Bersuit.- decía mi hermano.
-¡No! Pongan Bandana.- decíamos.
-Vamos a poner Mana y punto.- decían mis papás
Recuerdo sentir el cuero de los asientos pegarse a mi cuerpo. Sentía el calor que emitían los buzos de mis hermanos, calientes y abrigados. De vez en cuando abríamos las ventanas y sentíamos el aire fresco y puro en nuestras caras. Ocasionalmente, Chiara y yo jugábamos a estar en una radio. Nos sentíamos como si fuese real, y éramos las conductoras de un gran programa.
Todos nos callaban, ya que no nos querían escuchar y nosotras con actitud de niñas chiquitas les decíamos: ‘Háblale a mi mano. Deja el mensaje después de la señal,’ simulábamos un contestador de teléfono. Copiábamos todo lo que veíamos en las películas; queríamos ser actrices y actuar en películas de cine. Estas actitudes que teníamos irritaban aún más a mis hermanos.
Con el CD de Maná al máximo cantábamos todos mientras llegábamos a destino. El frío de la montaña se apoderaba de nosotros, y las ansias de llegar se duplicaban. La infinita pregunta de: ¿Cuánto falta? Se hacía cada medio segundo. Ya no preguntábamos más ¿Cuándo paramos? Era cuestión de llegar a Las Leñas y disfrutar.
Atravesando las montañas curva por curva llegábamos. Contemplar las montañas blancas, llenas de personitas bajándolas rápidamente era una belleza. El cielo se iba oscureciendo, y la gente iba volviendo a sus departamentos. El hotel ya era como nuestra segunda casa, ya que todos los inviernos íbamos, y conocíamos a todos los empleados y gente de allí. Así que era como sentirnos en casa. Los mozos nos conocían tanto que nos dejaban pasar a la cocina, y servirnos licuados en el bar. Desde chiquita que me gusta esquiar. En esa época empezó mi pasión por el esquí .
Íbamos sin broncear, pero a la vuelta volvíamos tostados con marcas de antiparras, labios paspados, y alguno que otro resfriado. Estos viajes eran los más divertidos de todos, a pesar de la incomodidad del viaje, estar en la nieve y disfrutar era espectacular. Ojalá algún dia podamos repetir esos viajes.