Floja Noche
Kevin Havas



Recuerdo ese día, no hace mucho tiempo atrás, cuando mi madre, mi hermano, mis amigos y yo veraneábamos en la magnífica Punta del Este. Cada vez que nos acordamos de ese día, nos reímos.
El día estaba terminando, el sol bajaba y mis amigos y yo seguíamos haciendo “dedo” a los autos con caja, porque éramos varios chicos. Estábamos en el hermoso José Ignacio, el cielo estaba rojo como la llama de una fogata en un cálido verano. Nuestras esperanzas de llegar a la parada doce de la Brava disminuían rápidamente. De repente apareció un autobús, lejos en el horizonte. Era como nuestro príncipe azul que nos llevaría hasta Ocean Blue. Cuando llegamos allí nos cobraron cien uruguayos más porque tocaba “La Champions Liga”. Le tuve que pedir prestado a mi hermano.
Cuando la matinée acabó, nos fuimos a la Barra. Ahí me encontré con más amigos y nos fuimos todos a comer un par de pizzas a Pico Alto. Siempre íbamos allí, porque era lo más barato que había. Después nos fuimos a comer un helado, no a Freddo, sino a Popi. Como para finalizar la noche, nos fuimos a Surfo Mix, un bar donde nos juntábamos todos los chicos.
Después de estar un rato haciendo sociales con la gente que iba al bar, fuimos a la playa que estaba a una cuadra nada más. La playa de noche era un sueño. Todo calmo, ningún sonido perturbador, sólo la relajante rompiente. Todo esta tranquilo hasta que invadimos la playa con nuestros gritos y risas. Estábamos más molestos que el sonido de un mosquito volando sobre tu cabeza. Era tal el descontrol que varios se tiraron al mar. Tuvimos que salir rápido por el frío.
Cuando volvimos al bar, encontramos a uno de mis amigos en el piso llorando. Nos dijo que sus padres habían muerto, sabíamos que estaba equivocado. Se volvió melancólico. Lo llevamos a su casa antes de que hiciera más papelones con su borrachera. Lo dejamos en la puerta de su casa, tocamos el timbre y nos fuimos corriendo. No supimos más de él hasta el día siguiente.
Más tarde nos fuimos varios chicos a dormir a lo de un amigo. Solo había dos camas y éramos seis. Yo y los otros tres dormimos en el piso compartiendo la frazada. Mi buen amigo el “Oso” es muy mimado y se quedó con seis almohadones, los tenia para no estar en contacto con el piso porque estaba bien frio. Era tan incómodo que me fui a dormir a una silla, sentado. Después de un tiempo cuando logré dormirme, un amigo prendió la luz. Al verme dormido en la silla se tentó tanto que no pudo parar de reír. Entonces los demás se levantaron y lo siguieron, y sin darse cuenta despertaron al padre. El padre vino a nuestro cuarto y nos dijo que nos fuéramos a dormir, y todos lo obedecimos y dormimos hasta la tarde del día siguiente.