Experiencia cubana


Relato autobiografico de Juan Aceiro


Era el 13 de febrero de 2010, junto con mis primos y mi familia formábamos los once integrantes de un viaje único y que nunca íbamos a olvidar. El vuelo salía a las dos de la mañana. Por la excitación y el nerviosismo, a las siete de la tarde ya estábamos en Ezeiza haciendo el “Check-in” y listos para abordar el avión. Mientras las horas pasaban, recorríamos el “freeshop” y programábamos lo que íbamos a comprar a la vuelta. Excepto para mi primo, las horas parecían pasar lentamente. A mi primo le encantan los aviones entonces él aprovechaba cada segundo para sacarle fotos.
Luego de una ardua espera, ya estábamos en el avión. Me senté junto a mi primo y observamos los aviones que despegaban. Rápidamente la azafata explicó que el vuelo duraría unas ocho horas. Nuevamente, excepto por mi primo, el vuelo también se nos hizo muy largo.
Al fin arribamos a Cuba, el aeropuerto en Cayo Largo era un típico aeropuerto con pocos aviones y una gran pista. Al no haber mangas tuvimos que salir por las escaleras, lo que nos permitió apreciar el hermoso paisaje. Rápidamente salimos del aeropuerto y tocamos el hermoso mar turquesa y transparente. Mientras lo hacíamos, nos llamaron a los once para tomar el colectivo e ir hacia el hotel. El hotel se llamaba “Hotel Sol Meliá Cayo Largo”. Era un “all inclusive” que tenía buenas personas que nos trataban bien y respetuosamente.
Los primeros días en Cayo Largo íbamos a la playa del hotel. A pesar de ser chica pudimos hacer “snorkel” y divertirnos en el agua turquesa. A los dos días de llegar nos enteramos de una playa a la que podías ir en trencito. Allí no sólo buceamos, sino también anduvimos en diferentes barcos sin motor.
Luego de terminar nuestra primera etapa en Cayo Largo, fuimos en avión a La Habana. Allí fuimos a un famoso hotel que como no tenía lugar, nos mandaron a uno nuevo y recién construido . Sin saber su calidad y pensando en los problemas que habíamos tenido en el hotel de Cayo Largo, nos inventamos una canción con respecto al nuevo hotel. Al día siguiente de la llegada a La Habana recorrimos los lugares famosos que caracterizan a esa hermosa ciudad.
Apenas habíamos pasado dos días y ya teníamos que irnos a Varadero, otro lugar con playa. Nos desilusionamos porque esperábamos una playa con el agua aún más hermosa que la de Cayo Largo. Pero era una costa chica. Después del huracán que sufrió, la arena había formado un pequeño acantilado que no llegaba a los dos metros . Allí también anduvimos en canoa o mini catamaranes, pero hubo muchos días en que llovió, entonces buceamos más que nada. Junto con mis primos recorríamos todo el hotel, ida y vuelta. También teníamos tiempo de escribir la bitácora. Todo lo que pasaba en las vacaciones lo escribíamos en la bitácora. A pesar de comer como vacas, seguíamos comiendo impresionantemente sin engordar. Excepto en La Habana siempre dormí en el mismo cuarto con mi primo.
Faltaba un día y la decepción de irnos a casa nos estaba matando. Mi tía tan optimista nos dijo un discurso que nos hizo pensar y aprovechar cada minuto que nos quedaba en ese hermoso país. Las últimas cinco horas hicimos más de lo que pudiéramos haber hecho en tres días.
Eran las cinco de la mañana del 28 de febrero del 2010, era hora de irnos. A pesar de estar volviendo todavía nos faltaba la última etapa, el viaje de vuelta. Fue uno de mis peores viajes en avión, por dos simples razones, la de estar volviendo para empezar el colegio y porque en el avión era un desorden con más de treinta pasajeros parados, pasando por turbulencias mientras las azafatas suplicaban a los pasajeros que se sentara. Para empeorar la situación, dos personas empezaron a sentirse mal y pedir ayuda por altavoz a doctores en el avión.
Después de ocho horas, que habían parecido veinte, arribamos a Buenos Aires, Argentina. Rápidamente, en el colectivo que nos pasó a buscar, programamos un encuentro el domingo que se aproximaba. Después de un día sin vernos, nos encontramos en la casa de mis primos y comimos un rico asado digno de Argentina que hicimos los cuatro varones, mi tío, padre, primo y yo. Pero este asado tenía un tripulante más, el novio de mi hermana. Al vivir al lado nuestro y de mis primos, pasaba a nuestras casas por la pared que nos dividía unas de otras para limpiar la pileta. Pero un día nos contó que se había caído sin querer a la pileta después de engancharse la camisa a una rosa cercana. Estas fueron las últimas palabras que dialogamos antes de empezar el colegio.