Día de campo

Relato autobiográfico de Sofia Galperin


-¡En media hora llegamos!- dijo mi mamá con entusiasmo. Los viajes al campo siempre se me hacían largos, pero éste no. La compañía de mis dos amigas hizo que el viaje se pasara volando. En cuestión de minutos habíamos llegado.

Era la segunda vez que venían Mía y Rocío. La tranquera de la entrada estaba abierta, como de costumbre. Los árboles que la rodeaban tenían un fuerte color verde y brillaban gracias al reflejo del flameante sol. Cruzamos la vía del tren, y por entre los árboles se podía percibir la hermosa casa.
Mía, como siempre, había cocinado pan integral con el que nos había preparado unos deliciosos sándwiches de jamón y queso. Ya era el mediodía, el hambre se apoderaba de nosotras. Mis padres almorzaron junto a los peones del campo, quienes les habían preparado un asado de bienvenida. Pero nosotras tres nos fugamos a caballo hacia el horizonte del campo para poder tener un momento de relajación y disfrutar de aquellos deliciosos sándwiches.
Pasamos la tarde sacándonos fotos, riendo y de esa manera pudimos apreciar el hermoso atardecer. El cielo se había llenado de colores rojo, rosa y naranja, con una bola amarilla que poco a poco iba descendiendo y se escondía tras el horizonte.
Nuestras charlas se iban tornando cada vez más profundas, serias y sinceras. En aquel momento, sentí una sensación de libertad, todos mis problemas y preocupaciones habían mágicamente desaparecido. En lo único en que pensaba era en la fuerte amistad que nos unía a las tres.
El pasto ya se había humedecido por el rocío que caía sobre él, indicándonos que ya era hora de regresar. Rochi, siempre tan audaz, nos enseñó a hacer trucos con los caballos, como pararnos sobre sus monturas, andar de revés. Ella era una excelente amazona.
Al llegar a la casa, se podía advertir humo saliendo de la chimenea, y se podía percibir el dulce olor a mermeladas caseras. La flameante bola de luz se había esfumado completamente del cielo, que ahora era pura obscuridad. Al rato, nos encontrábamos las tres acostadas sobre una manta en el suave pasto. Apreciábamos las luminosas estrellas entre carcajadas y dulces murmullos, recordando aquel magnífico y sincero día que quedaría intacto en nuestras memorias por siempre.


Por: Sofia Galperin