Campo
Relato Autobiográfico de Camila Bruno


bruno.jpgSiempre nos reímos cuando nos acordamos de las anécdotas del campo…
Yo era muy chiquita cuando iba al campo con mis primos. Todos los años en vacaciones, mi nona me llevaba al campo con ellos. Salíamos de Martínez, hacíamos nuestra primera parada en Tortuguitas buscando al resto de la familia e íbamos derechito para Córdoba. Durante el viaje cantábamos canciones italianas que ellos nos enseñaban. Todos viajábamos contentos de empezar las vacaciones en el campo con nuevas aventuras, cuentos, y anécdotas para recordar. Yo que era la única que no dormía durante el viaje, me dedicaba a molestar a mis primos, ya bastante grandecitos, que dormían incómodamente con almohadas que se traían y sacaban lugar en la camioneta. Cuando doblábamos por la parada del micro sabíamos que estábamos cerca del pueblo y todos nos poníamos contentos luego del largo viaje de seis horas. Al llegar a una rotonda empezaba el pequeño pueblo de Alejandro Roca, de ahí hacíamos unos ocho kilómetros.
A lo lejos veíamos los árboles y nuestros nonos decían: “¿¡Quién ve los pinos!?”. Y nosotros respondíamos: “¡Llegamos al campo!”. Al llegar, ayudábamos a bajar las cosas. Cada uno iba a su cuarto y deshacíamos los bolsos. Dormíamos juntos. Repartíamos las camas y siempre dos o tres personas debían ir adormir al “freezer”. Un cuarto donde hacía mucho frio.
Siempre me llevé bien con mis primos. El hecho de que viviéramos muy lejos nos separaba, pero al ir al campo nos unía más que nunca. Yo era muy chica y mis primos comenzaban la adolescencia. Cuando salían a la noche a andar por el campo me dejaban afuera. Cada uno tenía lo suyo, ya que pasamos por muchas etapas juntos en nuestros viajes. Siempre que nos juntábamos en reuniones familiares recordamos anécdotas de cada uno.
Una vez, Sofí, mi hermana, estaba enojada con el nono porque era hora de comer y ella quiera ir a jugar afuera, porque siempre fue muy solitaria jugando. Todos nosotros intentábamos callarla, pero era tanta la furia que tenía que le contestó tanto, faltándole el respeto, que terminó en penitencia!
Otra vez, estábamos todos lavando las bicicletas. Ezequiel estaba pegado a la pared. A Mauricio, un primo bastante molesto, muy gracioso y buena onda se le ocurrió hacer enojar a Eze, quien era muy afortunado porque él era “don campo” el niño que se creía gaucho. Como siempre iba detrás del nono, nunca tenía que trabajar. Siempre le tocó el trabajo fácil mientras a los demás les tocaba juntar leña, arreglar un par de cosas, ayudar… Mauricio me pidió que le llevase una botella con agua. Subió a la terraza conmigo y juntos le tiramos el agua encima. Todo empapado, mi primo, bastante “fifí” fue corriendo hacia arriba a buscar a Mauri. Cuando lo encontró, yo me hice a un lado y vi cómo se peleaban. Mauri era más grande y tenía mucha fuerza, por eso le ganó rápido, pero fue muy gracioso ver a Ezequiel volviéndose loco!
Mis primos Mica y Mariano siempre hacían el trabajo más duro, y los más grandes de todos, Mauri y Yani ya no venían mucho al campo.
Hubo una vez en que se nos ocurrió pasar el día en Alpacorral, un lugar cerca del campo donde hay una laguna y rocas bellísimas. Mi mama le dio los sándwiches a Natalia, pero ella se los olvidó. Cuando llegamos, le preguntamos a Nati dónde había puesto los sándwiches y dijo que no los tenía. Para colmo, se puso a llover, y tuvimos que volvernos. Durante el viaje empezó a granizar. Era de noche, teníamos hambre y nos estábamos mojando. Como no entrábamos once personas dentro de la camioneta, viajamos en la cúpula sobre colchones. Sin darnos cuenta, empezó a llover adentro de la camioneta. Los colchones se humedecieron. Paramos en una estación de de servicio para protegernos del granizao. Finalmente llegamos al campo donde la nona nos esperaba con una rica comida calientita.
La nona era lo mejor. Ella siempre tenía comida, nos hacia las camas, salía a caminar con nosotros, simplemente siempre estaba. Si estábamos aburridos nos daba algo para hacer. Siempre cocinaba para que la comida saliera exquisita. Y Cuando estábamos tristes o enfermos nos consolaba. Nos defendía y nos enseñaba cosas nuevas.
El nono, solitario, con muchas historias por contar, madrugaba todos los días para empezar a trabajar, siempre habilidoso, alegre, bondadoso y cariñoso con su familia. Su carácter es fuerte, pero es muy razonable y comprensivo, talentoso y trabajador.
Ahora estoy en la camioneta nueva. Una chevrolet gris, grande y muy linda. Estoy con Sofía y mis dos hermanos Agustín y Santi. Estamos yendo al campo con la nona y el nono. Los primos más grandes ya no van, prefieren quedarse en casa con los respectivos novios. Yo empiezo la adolescencia, y recuerdo esos buenos momentos cuando nos divertíamos haciendo casas en los árboles, riéndonos en las fogatas, corriendo a las gallinas, haciendo travesuras, cantando, bailando y saltando por todo el campo.
Haciendo pequeños shows con música infantil que sale del auto a todo volumen, callando el silencio del campo. Simplemente jugando.